Kinkakuji   金閣寺

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El Fénix del del Kinkakuji, el Pabellón de Oro.

El Fénix del del Kinkakuji, el Pabellón de Oro.

Los alrededores del Kinkakuji, el Pabellón de Oro.

Los alrededores del Kinkakuji, el Pabellón de Oro.

El Kinkakuji, el Pabellón de Oro, en invierno.

El Kinkakuji, el Pabellón de Oro, en invierno.

El Kinkakuji, el Pabellón de Oro, en invierno.

El ave Fénix que corona el Kinkakuji, el Pabellón de Oro.

El canto del Fénix

A la sombra de las colinas del noreste de Kyoto se aloja una joya de la antigua capital: el Kinkakuji o Pabellón de Oro. Escondido al pie de las montañas, este famoso templo recibe una de las mayores cantidades de visitantes en Japón. Es muy fácil enteder por qué ...

Prepara tus ojos pues te vas a encandilar. Tan pronto se entra al templo, ves que el billete de entrada está escrito con una hermosa caligrafía japonesa que de inmediato te sumerge en la naturaleza poética de este lugar. Un camino bordeado de árboles te lleva al estanque en medio del cual se alza el Kinkakuji, brillando con su luz dorada. A pesar de que es pequeño en tamaño la majestuosidad del edificio no se puede negar. En la cúspide de este edificio de tres pisos está un fénix que deslumbra a todo el que viene a admirar el monumento.

El Kinkakuji no evidencia la sobriedad habitual de la arquitectura budista. Sus paredes cubiertas con hojas de oro se reflejan perfectamente en el estanque que lo rodea; una escena verdaderamente embriagante. El camino bordea el estanque y lleva a los pies del edificio. Se van desplegando hermosas vistas y se empiezan a entrever los islotes de rocas colocadas siguiendo los códigos de la estética zen. Desafortunadamente el pabellón no est'a abierto para los visitantes, ocultando sus secretos a los comunes mortales.

Más adelante se despliega un jardín que te sumerge en la miniaturización del paraíso del Buda Amida. El camino conduce a las pendientes de las montañas y el pabellón dorado juega al escondite con el visitante que lo ve y lo deja de ver una y otra vez. Si tu cartera está demasiado pesada, no dudes en dejar unas monedas a los pies de la efigie del buda, para la buena suerte. Puedes terminar la visita en la casa de té situada al final del recorrido, donde se puede disfrutar de té verde y la vista por 500 yenes; o tal vez puedes concluir pidiéndo un deseo en el altar dedicado a la deidad Fudô Myôô, protector de las fuerzas enemigas.

Un símbolo inmortal

Queriendo establecer un símbolo de su poder en la capital imperial, el shogun Ashikaga Yoshimitsu (1358-1408) hizo construir el Pabellón de Oro en 1397 para su uso personal durante sus visitas a Kyoto. Después de su muerte, la residencia se transformó en un templo Zen, el Rokuonji. El nombre de Kinkakuji le fue otorgado mucho después.

A pesar de haber sido destruido por el fuego en numerosas ocasiones a largo de los siglos, el fénixs siempre ha renacido de las cenizas. El edificio actual data de 1955, reconstruido después de que un monje fanático lo quemara queriendo destruir este símbolo de la belleza. Los amantes de la literatura pueden revivir este oscuro episodio del monumento leyendo El Pabellón de Oro, una de las obras más famosas de Yukio Mishima (1925-1970). Hoy en día el edificio es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco como reflejo de la estética japonesa de los siglos XIV y XV.

Ya sea cubierto de nieve en invierno o suavemente adornado con la vegetación de primavera o verano, el Pabellón de Oro es una delicia para los ojos y el espíritu.

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