Daisho-in   大聖院

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Miles de estatuas de buda acechan a los visitantes en un pasadizo escondido.

Miles de estatuas de buda acechan a los visitantes en un pasadizo escondido.

Estatua del templo Daisho-in.

Estatua del templo Daisho-in.

El Daisho-in rodeado de arces.

El Daisho-in rodeado de arces.

Por todos los santos

Miles de estatuas perdidas en la naturaleza y algunos edificios antiguos dispersos aquí y allá. Esta escena es el inicio de la subida del monte Misen cuando se recorre el complejo budista del templo Daisho-in.

Pabellones y pagodas honrando a diversas deidades se afilan a largo de la montaña. Este templo es sorprendente en muchos aspectos. En primer lugar, los límites del templo no están claramente marcados, así que uno no se sabe muy bien donde empieza y donde termina el Daisho-in. Luego hablemos de la increible variedad de sus instalaciones, de las largas escaleras, de que los fieles deben pasar sus manos sobre las filas de ruedas de plegarias para imitar la lectura de sutras, los textos sagrados atribuidos al buda o sus discípulos. Un poco más adelante, una gran cantidad de estatuas de buda acechan a los visitantes en un pasadizo secreto que lleva a un arroyo que corre por la montaña. Los múltiples edificios de elegante arquitectura se ven aún más hermosos en el medio de la vegetación exuberante. En el interior se queman varitas de incienso para darle una atmósfera mística al espacio donde las immobiles estatuas doradas tienen su trono.

Durante muchos siglos este templo ha sido el centro del budismo en Miyajima. Fue fundado en el año 806 por el fundador de la secta sintoísta del Kukai (774-835) que visitó la isla y propuso la creación de un lugar de culto dedicado al bodhisattva Kannon. Es así como el Daisho-in es parte de la peregrinación de los treinta y tres lugares de culto dedicados a esta deidad en la región de Chugoku. Este templo es el número catorce siguiendo en la lista al telmplo Mitaki-dera en Hiroshima. 

Este importante centro del budismo fue por varios años hogar de unos monjes tibetanos que dejaron aquí un mandalas de arena que se puede ver en uno de los pabellones. Dos veces al año se celebra el festival del cruce del fuego, donde los monjes y voluntarios imprudentes caminan sobre las brasas demostrando su fe en los dioses. 

Una verdadera inmersión en un mundo mágico, esta visita al templo te transporta a otro universo donde la naturaleza, los hombres y los dioses conviven en armonía.

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